Caminaba por la ciudad sin rumbo, como muchas veces. Me gustaba perderme entre la gente, mirar vidrieras, escuchar conversaciones ajenas. Era una forma de sentirme parte de algo sin tener que involucrarme.
Ese día, sin embargo, todo se sentía raro. Las caras pasaban, pero ninguna se detenía. Era como si yo no existiera del todo. Intenté entrar a un local, pero el vendedor ni siquiera me miró.
Seguí caminando, confundido, hasta que alguien me llamó por mi nombre.
Me di vuelta rápido, pero no vi a nadie. Pensé que había escuchado mal. Seguí caminando… y unos metros más adelante volvió a pasar. Esta vez la voz sonaba más cerca .Miré hacia una plaza y vi a un señor mayor sentado en un banco. Me estaba mirando fijo, con los ojos llenos de sorpresa.
Cuando me acerqué, parecía nervioso. Me preguntó mi nombre otra vez y después sonrió un poco, aunque parecía triste al mismo tiempo.
Entonces me contó algo.
Años atrás había tenido una hija que se parecía muchísimo a mí. Tenía el mismo nombre, el mismo pelo y hasta la misma forma de caminar. Pero ella había fallecido cuando era pequeña. El señor me dijo que, por un momento, creyó verla otra vez caminando por la ciudad. Yo no sabía qué decir, me senté un rato a hablar con él y me mostró una foto vieja que llevaba en su billetera. La niña realmente se parecía mucho a mí.
Antes de irme, el señor me agradeció por haberme detenido a escucharlo, cuando seguí caminando por la ciudad, ya no sentí ese miedo raro de antes. Solo pensé en lo extraño que puede ser el mundo a veces, cuando dos personas desconocidas se encuentran por casualidad y comparten una historia que ninguno esperaba.
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