Monedas de chocolate

De chico, creía que las monedas de chocolate eran tesoros reales. Las guardaba en una cajita de metal, como si fueran oro de verdad. Cada vez que alguien me regalaba una, la sumaba con cuidado, sin romper el papel dorado.

Mi mamá me decía que me las comiera antes de que se arruinaran. Pero yo no quería. Sentía que, si lo hacía, iba a perder algo importante. Prefería tener muchas… aunque no las disfrutara.

Con el tiempo, la caja se llenó. Yo me sentía rico. Abría la tapa y miraba mi “fortuna” con orgullo.

Hasta que un verano, el calor fue demasiado.

Un día fui a ver mis monedas… y estaban deformadas. Algunas derretidas, otras pegadas entre sí. El chocolate ya no tenía forma, ya no parecía valioso.

Me puse a llorar. No por el chocolate… sino por haber esperado tanto.

Mi mamá me abrazó y me dijo algo que nunca olvidé:

—Hay cosas que, si no las disfrutás a tiempo, se pierden igual.

Desde ese día, cada vez que tengo algo bueno, intento no guardarlo demasiado. Porque aprendí que no todo está hecho para durar… algunas cosas están hechas para vivirse.