Me ahogué en el mar

Me ahogué en el mar un día que parecía perfecto. El cielo estaba despejado, el agua tranquila, y la playa llena de gente. No había señales de peligro.

Entré despacio, sintiendo el frío en las piernas, en el cuerpo. Me alejé un poco de la orilla, lo suficiente como para sentirme libre, pero no en riesgo. O eso creía.

De repente, una corriente me arrastró. Intenté volver, pero cada esfuerzo me alejaba más. Empecé a respirar rápido, a mover los brazos sin control. Miré hacia la playa… la gente seguía como si nada.

Grité.

Pero el sonido se perdió en el viento.

El cansancio llegó rápido. El cuerpo pesa más cuando entra el miedo. Sentí cómo me hundía, cómo el agua llenaba el silencio. Pero lo peor no fue eso… fue darme cuenta de que nadie se daba cuenta.

Cuando dejé de luchar, el ruido desapareció. Todo se volvió calmo.

Y ahí entendí algo: muchas veces uno se ahoga mucho antes de estar en el agua.

Dicen que me rescataron. Que alguien finalmente notó que algo no estaba bien.

Pero hay días en los que sigo sintiendo que una parte de mí se quedó allá, flotando, esperando que alguien la vea.