Me perdí en la selva por seguir un camino que ni siquiera estaba marcado. Al principio, todo era emocionante: sonidos nuevos, árboles gigantes, el aire húmedo pegándose a la piel. Pensé que era una aventura.
Pero después de un rato, el paisaje empezó a repetirse. Caminaba y caminaba, y todo se veía igual. Intenté volver sobre mis pasos, pero ya no sabía por dónde había venido. El sol empezaba a bajar y el miedo, lento, se metía en el pecho.
Fue entonces cuando escuché una risa.
No era fuerte, ni clara… pero era humana.
La seguí.
Caminé entre ramas, me rasguñé los brazos, tropecé más de una vez. La risa aparecía y desaparecía, como si jugara conmigo. Hasta que llegué a un claro.
Ahí, sentado sobre una piedra, había alguien.
Cuando me acerqué, el corazón se me frenó: era yo.
Misma ropa, misma cara… pero con una expresión tranquila, casi resignada.
—Tardaste —me dijo.
No supe qué responder.
Me senté frente a él, o frente a mí. En ese momento entendí algo: no me había perdido en la selva… me había perdido en mí mismo.
Y encontrarme no era salir, sino quedarme.