Todas las mañanas, a las ocho en punto, él se sentaba en la misma mesa del bar de la esquina. No miraba el menú. El mozo ya sabía: café con leche, tibio, sin azúcar. Siempre igual.
Al principio, parecía un cliente más. Pero con el tiempo, los empleados empezaron a notar algo raro: nunca tocaba el celular, nunca leía nada. Solo miraba la silla vacía frente a él.
Un día, una moza nueva le preguntó si esperaba a alguien. Él sonrió, como si la pregunta le resultara tierna.
—Siempre —respondió.
Esa mañana, mientras sostenía la taza con ambas manos, comenzó a hablar en voz baja. Contaba cosas simples: cómo estaba el clima, lo caro que estaba todo, un recuerdo de juventud. Parecía una conversación real… aunque nadie estaba ahí.
Cuando terminó el café, dejó dinero de más, como siempre, y antes de irse acomodó la silla de enfrente, como si alguien acabara de levantarse.
La moza, intrigada, preguntó a un compañero. Él le explicó:
—Hace años venía con su esposa. Siempre pedían lo mismo. Ella murió… pero él no cambió la costumbre.
Desde entonces, cada mañana, en esa mesa hay dos silencios: uno visible, y otro que todavía se siente.