Cuento
Ana caminaba por la orilla mientras su familia estaba en la arena. El mar estaba calmo, pero había algo que no le gustaba: era demasiado oscuro. No podía ver el fondo, ni siquiera cerca de la orilla.
Siempre le dio un poco de miedo el mar profundo, esa sensación de no saber qué hay abajo.
El problema empezó cuando se metió apenas en el agua y sintió algo rozarle la pierna.
Se quedó quieta.
El agua se movió, y de a poco apareció una criatura.
No era como un pez común. Tenía un cuerpo largo, casi como una mezcla entre serpiente y manta raya, con aletas finas que parecían tela moviéndose en el agua. Su piel era oscura, pero brillaba en partes, como si tuviera pequeñas luces. Sus ojos eran grandes, totalmente negros, pero no daban miedo… solo eran muy intensos.
Ana se asustó y quiso salir corriendo, pero la criatura no se acercaba de forma agresiva. Solo flotaba frente a ella.
Ahí notó algo raro: una de sus aletas estaba lastimada, como enganchada con algo.
El miedo seguía, pero también la curiosidad.
Dudó unos segundos… y decidió acercarse.
Con cuidado, tocó el agua cerca de la criatura. Esta no se movió. Solo la miraba, Ana respiró hondo y logró soltar lo que la tenía atrapada, la criatura se movió lentamente, como probando si podía nadar bien otra vez, después dio una vuelta alrededor de ella.
Y en ese momento, el miedo desapareció. La criatura se quedó a su lado unos segundos más, como si la estuviera acompañando.
Antes de irse, la criatura se hundió en el agua oscura… y por primera vez, Ana ya no sintió miedo de lo que había debajo.
