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A los 20 años mi cara parecía no tener historia. La piel lisa, sin marcas, sin nada que llamara la atención. Si alguien me conocía en ese momento, pensaba que siempre había sido así, y yo nunca hacía nada para corregir esa idea. Al contrario, la dejaba crecer.
Había borrado casi todo. Fotos viejas, recuerdos, cualquier rastro de una versión mía que no quería que exista más. Si alguien veía mi galería o mis redes, solo encontraba una línea prolija, como si mi vida hubiera empezado hace pocos años. Era más fácil así.
Cuando conocí a Nicol, todo eso ya estaba armado. Nos hicimos amigas rápido, de esas amistades que parecen simples pero se vuelven importantes sin darte cuenta. Ella hablaba mucho, se reía fuerte, y tenía esa costumbre de prestar atención a cosas que otros dejaban pasar. Al principio no me molestaba, incluso me gustaba, hasta que empecé a sentir que conmigo hacía lo mismo, como si intentara entender algo que no terminaba de cerrar.
Un día estábamos viendo fotos en su celular. Ella me mostraba todo sin problema, fotos viejas, feas, borrosas, momentos que a cualquiera le daría vergüenza. Cuando me tocó a mí, le mostré algunas, pero eran todas recientes, bien elegidas. Nicol no dijo nada, pero me preguntó si no tenía fotos de antes. Le respondí que no muchas, que había cambiado de celular varias veces, algo rápido, sin darle espacio a que siguiera.
No insistió, pero desde ese momento su forma de mirarme cambió un poco. No era desconfianza, era curiosidad.
Con el tiempo empezaron a aparecer pequeñas situaciones. Comentarios sobre la adolescencia, sobre el acné, sobre lo común que era pasar por eso. Nicol hablaba con naturalidad, incluso se reía de sí misma, pero yo siempre quedaba afuera de esas conversaciones, como si no tuviera nada que aportar. Y eso, en lugar de protegerme, empezaba a volverse raro.
La tarde que más me marcó fue cerca de la facultad. Caminábamos sin apuro cuando vimos una minivan de Garnier estacionada en la esquina. Era imposible no mirarla. Tenía un cartel grande que promocionaba unos parches para granos, “Pimple Patch Invisible”. Había gente subiendo, jugando, riéndose, y les daban productos como si fuera algo divertido, liviano.
Nicol se acercó enseguida, entusiasmada. Yo me quedé atrás, mirando. No era solo una publicidad, era como si de repente todo lo que había intentado esconder estuviera ahí, expuesto en medio de la calle, sin problema, sin vergüenza.
Intenté disimular, hacer como que no me interesaba, pero no podía dejar de mirar ese cartel. Sentía algo incómodo, como si me estuvieran viendo aunque nadie lo estuviera haciendo.
Nicol subió igual. La vi desde abajo, hablando, riéndose, como si nada. Yo no podía moverme. Cuando bajó, vino directo hacia mí con uno de los parches en la mano y me lo mostró, diciendo que ni se notaba, que estaba bueno, que era práctico. Yo asentí, tratando de parecer normal, pero algo en mí estaba tenso.
En un momento se quedó mirándome un poco más de lo habitual, como si estuviera por decir algo importante. No lo dijo, pero fue suficiente para que yo sintiera que estaba cada vez más cerca de algo que yo llevaba años evitando.
Esa noche llegué a mi casa con una sensación rara, como si algo estuviera por romperse. Abrí una carpeta vieja que nunca había eliminado del todo y encontré fotos mías de los 15, 16, 17. Mi cara era distinta, mucho más vulnerable, mucho más real de lo que yo mostraba ahora. Me quedé mirándolas más tiempo del que quería admitir.
Al día siguiente, Nicol no preguntó nada directamente. Pero en un momento sacó su celular y me mostró una foto suya de hace años. Tenía acné, bastante, y se estaba riendo. Me dijo que en ese momento la odiaba, pero que ahora le daba lo mismo.
No me estaba interrogando, ni buscando que yo diga algo. Solo estaba dejando el espacio.
Y por primera vez en mucho tiempo, no sentí la necesidad de llenarlo con una mentira.
No le conté todo, ni hice una confesión grande, pero tampoco dije que nunca me había pasado. Solo dejé de sostener algo que ya me pesaba demasiado.
Y ahí entendí que lo que tanto había intentado borrar no había desaparecido nunca, solo había quedado escondido, esperando un momento como ese para volver a ser parte de mí.
