Lo conocí una de esas noches en donde el frío podría haberme arrancado los dedos. Los autos estacionados a los costados de la calles crujían de manera obscena, como de costumbre empañados por el arduo trabajo de mis compañeras de turno. Yo bebía un café amargo y muy caliente, mientras él lucía perdido y desorientado por su andar, por la manera en que levantaba la cabeza cómo un suricato y miraba de derecha a izquierda continuamente.
“¿Estás perdido?” El chico levantó su cabeza y dirigió su mirada hasta mí, luciendo pálido –a saber si era por el frío– mientras asentía.
“¿Dónde estoy?” Me bebí el café ya helado de un trago y entonces lo miré; era un adolescente, difícilmente habría cumplido los diecisiete.
“Estamos en la Zona Roja.” Examiné su cuerpo –una costumbre que se va perdiendo con los años de trabajo– y no estaba muy abrigado, a decir verdad pareciera que hubiera salido corriendo de su casa justo cuando estaba a punto de irse a dormir.
“¿Cómo llego al metro?” Me arreglé el pelo y suspiré.
“A esta hora no funciona el metro, pero si caminas por esta misma calle y doblas en la avenida vas a ver la estación.”
Bajó la cabeza y dio las gracias, no le tomé importancia porque pensé que era una persona más que pasaba por la calle y que probablemente no lo volvería a ver, pero estaba equivocada. Dos noches después volvió a aparecer, un poco más temprano pero igual de perdido y pálido. Y así volvió cinco días seguidos, preguntando dónde estaba y a dónde estaba el metro, hasta la sexta noche, cuando ni siquiera dijo algo y tomó asiento en una banqueta cercana a mi lugar de siempre. Estábamos a mediados de julio, donde el trabajo no es muy bueno porque un poco de lluvia espanta tanto a las novatas como a los clientes, así que caminé hasta donde se encontraba y me senté.
“¿No estás perdido hoy día?” No lo miré, pero sabía que estaba frotándose los brazos con las manos en un abrazo solitario y que él sí me estaba viendo a mí.
“¿Estoy en la Zona Roja?” Me reí suave y mi aliento salió como vaho por mi boca.
“Y el metro ya no pasa a esta hora.” Afirmé levantado los hombros para cubrir mi cuello del frío. No dijimos nada de inmediato y aún así el silencio no se tornó incómodo. Eran las dos, más o menos la hora en que bebo la última taza de café en mi termo.
“Disculpe, ¿No tiene frío?” Para mi sorpresa fue él quien habló primero, lo que me hizo mirarlo un poco para notar que, como siempre, llevaba la polera negra con mangas largas que parecía usar para dormir. Yo, en cambio, todas las noches llevaba un vestido corto y ajustado, esta noche en especial tenía un vestido negro con lentejuelas y llevaba un pañuelo al cuello que no abrigaba mucho, pero que lucía un poco elegante.
“Tengo, pero luego se me pasa.” Vi la comisura de sus labios levantarse y noté que estaba sonriendo.
“Qué bueno, porque si me hubiera dicho que sí a secas le hubiera tenido que pasar mi polera y quedarme en pelotas.” Mi risa fue un poco una mezcla de fascinación genuina y la sonrisa de años de servicio en atención al cliente, mientras saqué el cabello que comenzaba a cubrirme la cara por estar inclinando la cabeza hacia abajo.
“¿Cómo te llamas?” Hacer preguntas no era parte de mi trabajo –por lo general las evitaba– pero este niño no era mi cliente, así que podía permitirme indagar.
“Mateo, ¿Y usted?” Me mordí el labio.
“Dime Karla no más”.
“Un gusto, señorita Karla” No acostumbrada al modo formal en que articulaba sus palabras, me tomé la libertad de seguir preguntando.
“¿Cuántos años tienes?” Arqueé una ceja.
“En enero cumplí dieciséis.”
“Entonces no me hables cómo si tuviera cuarenta. Dime Karla no más.” Se rió un poco y seguimos hablando hasta las tres de la mañana, teniendo nuestra conversación interrumpida por uno de mis clientes habituales de la quincena, sin tener tiempo de darle importancia a lo que nos quedó pendiente ya que todas las noches el Mateo volvió a conversar conmigo, hasta que julio se acabó. No le pregunté mucho sobre su vida y él tampoco se metió en la mía, estábamos bien y sentía un apego especial, como si Mateo fuera mi hermano chico, ese que nunca tuve o que no alcancé a conocer antes de irme de la casa cuando tenía catorce años. Recién en agosto comenzó a hacer menos frío, pero yo aún no perdía la costumbre de tomarme un café amargo a las dos y media de la noche. Mateo siempre llegaba a la una –un poco antes, un poco después–, y nunca faltaba a nuestro encuentro improvisado, con su ropa arrugada y ligera a pesar del clima y el cabello desaliñado como si acabase de salir de la cama.