Las antiguas lámparas dejaron de emitir electricidad.
Ahora los respiradores de luz se alimentan del aire, transformando CO₂ en claridad líquida.
Cada habitación tiene un pulso lumínico que se sincroniza con sus habitantes.
Cuando alguien medita, las luces laten más lento.
Cuando alguien miente, las paredes se apagan — como si la casa contuviera la respiración del mundo.