Las flores rosas estaban sobre mi mesa de luz, al lado de la ventana. Eran artificiales, pero aun así me encantaban. Todas las mañanas, cuando abría los ojos, las veía primero a ellas iluminadas por el sol.

Un día, Anthoni vino a mi casa para ayudarme con una tarea. Mientras yo buscaba unos cuadernos, él se quedó mirando las flores en silencio.

Las tocó con cuidado y dijo:

—Qué raro… estas flores duran más que las reales, pero igual son más baratas.

Yo me quedé pensando en eso.

Las flores artificiales nunca se marchitaban. Siempre estaban iguales, perfectas, como nuevas. Pero las reales eran distintas. Duraban poco, se doblaban, perdían pétalos y había que cuidarlas todos los días. Después de eso, Anthoni empezó a venir más seguido. Pasábamos horas hablando en mi habitación mientras las flores rosas seguían quietas sobre la mesa, siempre iguales.

Una tarde llegó con una flor real escondida dentro de su mochila. Era rosa, pequeña y tenía algunos pétalos un poco caídos por el viaje. La puso al lado de las otras flores y sonrió. En ese momento entendí lo que había querido decir aquel día.

Las flores artificiales duraban más porque nunca cambiaban. Las reales, en cambio, eran más especiales justamente porque podían marchitarse.

Anthoni tomó mi mano con un poco de nervios y me dio un beso rápido. Y desde entonces, cada mañana veía las flores rosas sobre mi mesa de luz: las artificiales, perfectas y quietas, y la real, un poco torcida, pero mucho más hermosa para mí.

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