Hace unos días fue el día en el que se celebra a las madres, pero parece que una semana atrás estuve revuelta por dentro por el aroma que percibía en el ambiente sobre esta fecha especial. Inicié la semana con una notificación de la aplicación donde llevo el registro de mi ciclo menstrual que decía: “Retraso de 1 día”. Sentí que mi cuerpo se puso pesado, me dieron ganas de tumbarme en el piso, mi voz se escondió y mi mente se escapó con agilidad. Se fue a varios lugares: se fue a la posibilidad de estar embarazada, se fue a la posibilidad de tener un quiste en un ovario, regresó al lugar donde estaba la posibilidad de tener un ser creciendo adentro, pero luego se fue a la posibilidad de no querer ser mamá en este momento; se fue luego a la posibilidad de ser mamá sin quererlo ser. Dio un par de vueltas más hasta que la inquieta mente regresó a su lugar.
Mi cuerpo empezó a disponerse para levantarse del piso; se dispuso para ir hasta donde estaba mi esposo actual y la voz decidió salir: “Tengo un retraso”. Él me abrazó y se quedó en silencio. “¿Me acompañas a hacerme una prueba?”, le dije. Me invitó a almorzar afuera y compramos la prueba. Tomamos un café y, luego de poner dos gotas de orina y esperar 3 minutos en el cronómetro, una raya anuncio el resultado negativo. Salgo del baño, respiro y sonrío: “No estoy en embarazo”. Nos abrazamos, hablamos sobre esto y el día continúa.
Al día siguiente, ya con un retraso de 2 días, sigo sintiéndome inquieta: ¿qué está pasando con mi ciclo? Empiezo a revisar con más detalle la duración de mis ciclos anteriores y me doy cuenta de que el anterior duró muy poco. Voy a mi diario y me doy cuenta de que había registrado mal la fase menstrual del ciclo anterior. Lo edito en la aplicación y, ¡tarán!, pasé de tener dos días de retraso a estar a 4 días de menstruar. ¡Qué alivio! Me sorprende cómo unas letras y números en una pantalla pueden hacerte viajar a diferentes lugares emocionales en cuestión de segundos.
Tal vez, si estás leyendo esto y no conoces muy bien mi historia, te estarás preguntando: ¿ella está buscando ser mamá?, ¿ya es mamá? Pero calma, continúa la historia.
Luego de esta aventura se acercaba el fin de semana. El sábado estaba destinado en mi calendario para la celebración del próximo nacimiento de Miranda y Tadeo, hijos de dos grandes amigas. Era un encuentro con el grupo de amigas del colegio, con sus hijos y esposos, para celebrar que otras dos amigas ahora también serán mamás.
Éramos 14 adultos y 6 niños. Escucho llanto, escucho risas, escucho conversaciones. Veo juguetes, veo copas con vino, veo más juguetes y galletas para decorar; todo esto al mismo tiempo. Por un momento me doy cuenta de que, además de estar presenciando todo esto, mi mente vuelve a estar inquieta y se escapa de nuevo. Mi cuerpo se queda inmóvil. La mente, en cambio, abre un pasillo interno y decide caminarlo: hace un recorrido minucioso para visitar a todas las versiones de mí misma donde la idea de maternidad ha estado presente.
Primero visito a la niña que cargaba en sus brazos a una muñeca que se llenaba de agua y se sentía como un bebé real. Esa niña empezaba a armar su rompecabezas: lo que significaba una familia, una mamá y un papá.
Luego llegamos donde la adolescente: una joven que ya no jugaba con muñecas. Estaba ocupada intentando descubrir quién era a través de otros. Descubría su cuerpo, sus formas y su manera de habitar el mundo.
La siguiente parada fue donde la mujer de 23: una mujer que cree haber conocido al papá de sus hijos. Un hombre que cumplía con todos los requisitos para ser un gran candidato a marido; un hombre con quien se casó. En ese momento, esa mujer asumía que por el simple hecho de tener un útero tenía que ser madre. Creía que eso era lo que el mundo le pedía: el mundo, su entonces esposo, la sociedad y hasta su mamá.
Pero sus miedos le permitieron decidir que aún no era tiempo. Por ese momento, esa mujer sería mamá de un perro. Así llegó Mambo: un bóxer albino que reemplazó a las muñecas de la niña.
He escuchado a mujeres hablar sobre el amor que se siente al ser mamá; algunas otras no permiten comparar eso con lo que se puede sentir por un peludo de cuatro patas. Lo que yo sí descubrí es que esa bolita de pelos blancos y nariz negra fracturó una capa de mi corazón. Abrió una grieta por donde salió un flujo de amor que antes no había conocido, hasta el punto de sacar, por primera vez, la frase “te amo”.
Mambo fue el primer ser vivo que escuchó esa frase de mi boca. Mi mamá no la había escuchado hasta entonces y mi papá nunca la escucharía.
Cuatro años más adelante, me encuentro con la mujer que decidió renunciar a su trabajo y crear su propia empresa. Esa mujer, junto a sus dos hermanas, decidió dar a luz a Conectando el alma: un hijo que este año cumple 10 años de estar vivo.
Mientras mi mente hace este recorrido, mi cuerpo sigue allí, en ese lugar, rodeada de amigas, sus esposos y sus hijos. Siguen las risas, el llanto, las conversaciones. Por instantes, mi mente regresa para comprobar que todo está bien… y vuelve a irse.
Es momento de visitar a la mujer que está a punto de cumplir 30 años. Su exesposo está a punto de cumplir 40 y la relación está por llegar a su séptimo aniversario. Todo parece dispuesto para una crisis.
El cumpleaños número 40 de aquel hombre venía acompañado de una frase repetida: “Cuando cumpla 40 quiero ser papá”. Esa frase fue escuchada por todo mi cuerpo durante años. Y cuando llegó el momento, mi cuerpo entró en huelga: apareció un quiste en un ovario. Mi ciclo se volvió un desierto. Era un anuncio: mi corazón y mi mente no estaban logrando decidir, pero el cuerpo sí. Ese quiste alzó la voz y dijo con claridad que no quería ser mamá aún.
Eso desató la crisis de la relación. La crisis se disfrazó de infidelidad. Después vino el intento de reparar: intentos torpes, insistentes, como si quisiéramos tapar un hueco que ya era profundo.
Primero llegó otro perro: Bolero, otro bóxer que adoptamos. Pero no fue suficiente. Entonces apareció otra idea: “Busquemos un bebé”. Así pasé casi un año sin planificar, haciendo la tarea, como dicen por ahí. Una tarea que mi cuerpo —esta vez en silencio— se negó a cumplir. Gracias, cuerpo, por una nueva huelga silenciosa.
Luego del intento de enmendar llegó la decisión de separarnos. Y ahí visito a la mujer de la cabaña: una mujer que, en medio de la pandemia, se fue a vivir al bosque para encontrarse con ella misma.
En esa temporada se hizo muchas preguntas. Las escribió en las paredes de madera. Las escribió en las ventanas que mostraban los amaneceres. En medio de todas esas preguntas, esa mujer se dio permiso de cuestionar la intención profunda de ser mamá. Y se dio permiso de elegir: no ser mamá por ahora.