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“Recordar fue la manera más humana de volver a existir.”

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En el centro del festival se alzaba El Hábitat, la instalación creada por Sira Nakamura. Era una cúpula respirante, hecha de micelios y vidrio líquido, que transformaba el aire en sonido y el sonido en luz. Dentro, cada visitante podía escuchar los recuerdos del planeta: las lluvias antiguas, los bosques perdidos, las risas de las ciudades antes del Gran Silencio.

Durante tres días, el festival fue un laboratorio sensorial.

El Festival de los Recuerdos no fue un evento, fue una comunión —una promesa de que la humanidad había aprendido, al fin, a habitar el planeta sin herirlo.

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