Mi culpa no fue

Cuando tenía seis años, mi hermano menor Mateo estaba obsesionado con jugar a los bomberos. Le gustaban los camiones de juguete, las sirenas y, sobre todo, el encendedor que mi papá escondía en la cocina porque no quería que lo tocáramos.

Pero a esa edad no pensábamos mucho en las consecuencias.

Una tarde estábamos solos en el cuarto de Mateo jugando a que apagábamos incendios. No sé cómo, pero encontramos el encendedor guardado en un cajón. Empezamos quemando pequeños pedazos de papel dentro de una lata, creyendo que era divertido ver cómo el fuego se hacía chiquito y después desaparecía.

Todo parecía un juego hasta que un pedazo de papel encendido cayó sobre el colchón.

Al principio solo era una mancha negra pequeña. Después empezó a salir humo. Y en segundos apareció una llama naranja enorme que empezó a crecer cada vez más rápido. Nos asustamos muchísimo. Mateo empezó a llorar y yo trataba de apagar el fuego con una almohada, pero no funcionaba. El olor a quemado llenó toda la habitación y mi papá vino corriendo. Cuando entró al cuarto y vio el colchón quemándose, apagó el fuego rápido y después nos miró muy serio.

Yo estaba temblando, pensé que los dos íbamos a meternos en problemas. Pero entonces Mateo me señaló a mí.

Dijo que había sido mi idea. Que yo había agarrado el encendedor. Que yo había quemado los papeles. Me quedé quieta, mirándolo sin entender nada. Mi papá me retó muchísimo y me castigó sin ver televisión durante un mes entero. Mateo apenas lloró un poco y después todo siguió normal para él.

Pero yo nunca olvidé esa tarde. Ni el olor del colchón quemado.

Ni la cara de Mateo cuando decidió echarme toda la culpa.