“Hasta que el cuerpo aguante”

Dávalos no respondió. Se quedó quieto, como si le hubiera caído una baldosa encima.

El silencio se estiró. Largo. Incómodo.

—¿Qué dijiste? —repitió, pero su voz ya no sonaba como la de un padre. Sonaba como la de un hombre acorralado. Lleno de miedo.

Yo no bajé la mirada. No podía hacerlo.

—Sé dónde está tu hijo. Y la única forma de que vuelvas a verlo… es si conseguís una cura —aclaré, con la garganta seca.

Había intentado todo durante días. O quizás semanas. La mordedura empeoraba cada vez más. Los animales con los que estaban experimentando morían uno tras otro. Incluso los otros del zoológico parecían notarlo. El encierro, los secretos, las mutaciones… Todo eso estaba mal.

Intenté hablar con Dávalos durante días. Llamé a su oficina a todas horas. También quise razonar con Lalo, pero no llegaba a ninguna parte.

No sabía si alguien más estaba al tanto de lo sucedido, pero ellos eran los únicos que conocía con poder para ayudarme.

Así que, cuando vi el nombre del hijo de Dávalos en la lista que me dio la Sra. Torres al ingresar al zoologico para la visita guiada… tomé una decisión.

Ese día, lo que pasó fue lo siguiente:


El sendero lateral estaba casi oculto entre los arbustos. Nadie solía usarlo, pero yo sí. Caminé rápido, sintiendo el peso de la herida en mi brazo y el cansancio que me apretaba el pecho.

Al llegar al galpón, el candado estaba colgando abierto. Lo había dejado así para poder entrar sin llamar la atención. No me imagine que el niño pudiera entrar a dibujar la serpiente, lo habia abierto ni bien habia leido su nombre en la lista, hubiera reconocido ese apellido en cualquier parte. Empujé la puerta con cuidado y el crujido resonó en el silencio húmedo y frío del lugar.

Sobre la mesa de metal, vi los frascos: algunos con etiquetas corridas, otros sin ninguna. Tomé uno de ellos, el que contenía formol. Lo abrí con manos temblorosas y empapé unas vendas que estaban sobre la mesa.

Salí del galpón con el trapo impregnado, y me acerqué a donde estaba Simón, apartado del grupo, dibujando la iguana con concentración. No sabía cómo explicarle lo que iba a pasar, pero no había otra opción.

Con cuidado, acerqué el trapo a su rostro. Sentí cómo sus párpados comenzaban a cerrarse lentamente, cómo su cuerpo se relajaba. No hubo gritos, ni resistencia. Sólo silencio.

Lo alcé a upa y lo llevé de regreso al galpón, cerrando la puerta detrás de nosotros. Al fondo habia una oficina que nadie usaba. Cuando recién entré a trabajar al zoológico, había encontrado la llave por casualidad y nunca la devolví. Me gustaba tener un lugar propio. La oficina era chica, y la puerta de entrada quedaba oculta tras estanterías llenas de cajas con insumos. Con los años, la fui llenando de libros, colchonetas, almohadones. Era mi lugar feliz. No tenia ventanas, asi , así que había pintado un mural enorme en una de las paredes para alegrarla. Dejé a Simón recostado sobre las almohadas, cerré la puerta, y volví a empujar la estantería para ocultarla.

Me quede viendo el lugar. Sobre la mesa, los frascos con formol y alcohol, y entre ellos, esa pequeña serpiente blanca que sabía que nadie quería mencionar. Tenía que saber qué había pasado realmente, por qué esa mordedura me estaba consumiendo.