Lalo se me acercó, y en voz muy baja dijo:
—Necesito que revises el galpón.
No me miraba a los ojos. Observaba cómo se movían los oficiales por todas las instalaciones. Durante el tiempo en que nos estuvieron interrogando, más policías habían llegado. Ahora el zoológico parecía invadido por camisas azules.
Los chicos se habían retirado hace horas; uno por uno, los padres vinieron a buscarlos. Solo quedábamos el staff, la policía, algunos directivos del zoológico y del colegio.
—Tenés que fijarte que no haya nada que pueda… comprometer al zoológico. — siguio diciendome en voz muy baja.
No respondí. Solo lo miré unos segundos, intentando entender si hablaba en serio. ¿Qué más quería yo que todo esto se supiera? Pero Lalo no estaba bromeando. Lo entendí por su cara. Sin decirle cuándo lo haría, asentí.
El cielo tronó. Las luces de los relámpagos iluminaban todo. La lluvia empezó sin aviso y cada vez caía más fuerte. Los oficiales que estaban afuera se replegaron. El staff corría con paraguas, los policías buscaban dónde seguir con sus papeles y yo estaba parada bajo un árbol, empapada, viendo todo desde la distancia.
Fue entonces cuando escuché mi nombre, casi gritándolo.
—¡Clara! —la Sra. Torres se acercó—. Están preguntando por vos otra vez. Parece que encontraron el cuaderno de Simón. Dijeron que fuiste la última en hablar con él, según sus investigaciones.
La Sra. Torres parecía muerta de frío. Eso me dio la excusa perfecta.
—Gracias, Sra. Torres, voy a buscar un abrigo y voy a verlos —murmuré—. Bajó mucho la temperatura. ¿Usted también quiere uno?
—No, gracias —contestó.
Tome la campera gruesa que nos daban en el zoologcio como parte de nuestro equipo de trabajo, pero en vez de ir con la policía, cruce por el camino de tierra, el agua de lluvia ya habia hecho su trabajo, y los charcos cubrian la mayor parte del camino. Que bueno que hoy me habia puesto los borcegos, sino ya tendria los pies empapados para este momento. El galpón me recibió como siempre: callado, ajeno. Abrí con la llave que guardaba en el bolsillo interior del pantalon. Algún policía había marcado la puerta con una cinta roja que decía PELIGRO. Parecía una broma de mal gusto. Si tan solo supieran lo que esconden estas instalaciones…
Crucé hasta el fondo, esquivando los charcos que se formaban por las goteras del tinglado. El ruido a lluvia se intensificaba por la chapa del techo. Moví con fuerza la estantería que solo yo sabía lo que ocultaba. La puerta estaba detrás. La empujé con cuidado; crujía al moverse, y su parte baja raspaba el suelo, dibujando una línea irregular.
Adentro se estaba bien. No hacía frío. Era como entrar en otra dimensión. El aire era limpio, y las luces cálidas hacían olvidar que allá afuera el mundo parecía caerse a pedazos.
Me agaché y dejé el abrigo. También puse una linterna, por si se cortaba la luz, una botella de agua y un paquete de galletitas de agua.
—No puedo quedarme —susurré—. Está lleno de gente allá afuera.
Me quedé un segundo más. Pensando si decir algo. Pero no lo hice.
“Si lo cuento… me quedo sin nada.”