En cuanto la señora Torres dejó de hablar, me alejé del hall de entrada como si el piso quemara. Lalo me siguió, apurando el paso.
—¿Podrías dejar de verte tan culpable? —murmuró, bajando la voz y tomándome del brazo con más fuerza de la que debería —. Lo que haya en ese galpón no tiene por qué verse afectado por esta desaparición.
—¡Ay! —me solté de golpe—. ¡Me lastimás! —Y sin pensarlo, le mostré la mordedura.
La miró, no por primera vez con más detenimiento. Sus ojos se agrandaron por un instante.
—No me dijiste que estaba así de mal. ¿Estás tomando los antibióticos que te receté?
—Sí, estoy tomando los malditos antibióticos de rinoceronte que me diste. ¿Pero no ves que no están funcionando? ¡Mirá cómo está! Necesito ir a un hospital, Lalo. Esto no es normal. Cada día me siento peor.
—Eso es imposible, y lo sabés.
—¿Imposible? ¿Por qué? ¿Porque podrían enterarse de que tenemos animales modificados genéticamente? ¿Porque a un iluminado se le ocurrió que loros fluorescentes eran buena idea para los turistas? Bueno, decile a ese genio que venga y me explique cómo una mordedura de mono puede hacer que no duerma, que me duele el brazo cada vez que lo muevo, que esta herida no cierre nunca...
—Clara...
—¡Estoy cansada! —lo interrumpí, temblando de rabia y fiebre—. Y no pienso quedarme a esperar que esto “se arregle solo”.
Lalo me miró, y por un segundo su máscara cayó. Vi el miedo, la culpa. Y también la cobardía.
—Tengo un plan —dijo con voz hueca—. Solo... no lo arruines ahora, ¿sí?.
Y se fue. Se dio media vuelta, su delantal flotando como un trapo inútil. Lo vi perderse entre los senderos de grava. Yo me apoyé contra una columna, tratando de que el mundo dejara de girar. No podía mostrar debilidad. No ahora.
Entonces las sirenas llegaron.
Las luces azules y rojas atravesaron el follaje del zoológico, proyectando sombras que parecían moverse solas.
La patrulla frenó frente al portón. Bajaron tres policías. Uno de ellos se adelantó: era alto, mandibula cuadrada, barba gris y gesto firme. No hablaba fuerte, pero nadie necesitaba que lo hiciera. Oficial Saavedra, decía su placa. Su sola presencia bastaba para incomodar. En un segundo el zoológico entero se convirtió en una escena de CSI.
Casi al mismo tiempo, llegó el director. Don Ernesto descendió del auto con su tipico atuendo salido de otra época. Camisa blanca impecable, tiradores, pantalón de vestir marrón, sombrero beige ladeado, bastón de madera tallada. Su reloj de bolsillo asomaba por la cadena, tic-tac.
Sus ojos grises se clavaron en mí apenas me vio. Como cada vez, sentí una punzada en el pecho. Cuando tenía once años, había venido de visita con mi papá. Después de mirar algunos animales, él se alejó un momento a comprar un algodón de azúcar, y yo me perdí. Deambulé por los senderos durante un montón de tiempo, hasta que llegué a la zona de mantenimiento. Lloraba desconsolada entre los tanques de agua de los flamencos. Don Ernesto me encontró, me dio una chocolatada tibia del kiosco y me llevó a recorrer el zoológico haciendo que fuera un safari privado mientras la gente del staff buscaba a mi papá. Me mostró las aves rescatadas del tráfico ilegal, me contó que algunos tigres venían de circos. Amaba a los animales con una ternura que me había marcado para siempre. Fue, en muchos sentidos, el abuelo que nunca tuve. Y fue por él que decidí estudiar Veterinaria y postularme para trabajar en el zoológico. Si tan solo hubiera sabido que iba a terminar asi…
—Oficial —dijo Don Ernesto con voz serena—. Acompáñeme, por favor. Le contaremos todo lo que sabemos.