El sol todavía no había trepado del todo cuando comenzamos a buscar.
—Dividámonos por sectores —propuso la Sra. Torres, con la voz tensa pero sin ceder al pánico—. Revisemos los hábitats externos primero. ¿Hay algún sector más, aparte de la zona turística? —preguntó, girándose hacia Lalo.
—Están las oficinas generales, cerca de la entrada. El hospital de animales… y tenemos un galpón privado para herramientas y mantenimiento.
Lo dijo sin mirarnos directamente. Se apuró a revisar una carpeta que tenía en la mano, como si quisiera cambiar de tema rápido. Noté que evitaba cruzar la mirada con la Sra. Torres.
—Dudo que un chico se haya metido en un galpón lleno de herramientas. Eso lo revisamos después —resolvió la Sra. Torres. — Primero revisemos los sectores abiertos al público — determinó sin dudar.
—Ok —asentí demasiado rápido. Lo sentí enseguida, como un golpe seco en la garganta.
Tuve que disimular bajando la mirada. Las manos me sudaban, y me las limpiaba arrastrándolas sobre el pantalón.
Arrancamos por el aviario.
El aire era espeso, una humedad tropical colgaba de las hojas artificiales y las redes, mientras decenas de aves volaban y graznaban. Algunas simplemente nos observaban. Con los pájaros haciendo sonidos, todo se sentía demasiado alegre. Como que no encajaba en la situación que estábamos viviendo.
—Simón estaba fascinado con los tucanes, ¿no? —dijo la Sra. Torres, empujando la cortina plástica de entrada.
—Sí. Dijo que parecían dinosaurios disfrazados —murmuro Lalo.
Analizaba cada palabra que salía de mi boca. Me sentía caminando en la cuerda floja. No podía dar un paso en falso, no ahora, cuando tenía tanto que ocultar.
Las jaulas interiores estaban abiertas. Las aves no se acercaban, pero nos seguían con los ojos. Había algo burlón en esa mirada ladeada que tienen los loros, como si supieran demasiado.
—¿Y si se metió en el recinto de las guacamayas? —pregunté, señalando una de las puertas internas—. Una vez un nene lo hizo, ¿te acordás? —dije, girándome hacia Ramiro, el ayudante de Lalo, que venía con la red en la mano después de haber logrado atrapar al mono que se había escapado.
—Casi pierde un dedo —me contestó, agachándose para revisar la traba de la jaula. Después se fue a guardar las herramientas por la puerta de mantenimiento.
Yo me alejé unos pasos, fingiendo revisar unas ramas bajas. En realidad, me faltaba el aire. Me apoyé contra un poste. Cerré los ojos.
¿Cómo podía estar pasando esto? ¿Por cuánto tiempo más?
Seguimos buscando. Las ramas falsas, los comederos, las ventanas de observación.
Todo estaba igual de vacío que antes.