El sendero lateral estaba casi escondido entre los arbustos. Nadie solía usarlo, salvo para descargar cosas del camión de insumos.
Simón había dibujado una serpiente. No una cualquiera: una con las escamas rotas en la cola y una mancha en forma de espiral. Ese chico tenía increíbles dotes con el lápiz, porque la había retratado exactamente como la que alguna vez vi en el galpón, entre los ejemplares que no están en exhibición.
No sabía si era casualidad, una coincidencia, o algo más, pero la curiosidad me ganó. Caminé de regreso a la entrada y después me dirigí al sendero. Vi el candado colgando, abierto, moviéndose apenas con el viento.
Miré a los costados. Nadie. Empujé la puerta del galpón, y esta cedió con un crujido.
Adentro, el aire era más frío y húmedo. La luz se filtraba por las rendijas como líneas oblicuas en suspensión. Sobre una mesa de metal había varios frascos: algunos rotulados con tinta corrida —alcohol, etanol, formol— y otros sin etiqueta. Había también vendas de algodón, varias carpetas con fichas de los animales y una bacha con algunas probetas sucias en su interior.
Me quede observando uno de los frascos: tenía una serpiente pequeña, blanca por la conservación. Al lado, un bisturí oxidado.
En la pared del fondo había una serie de peceras. Reconocí algunos animales del terrario principal. Había una iguana inmóvil, con los párpados a medio cerrar. Su cuerpo era verde, y apenas se movía al respirar. La cresta de espinas que recorría su espalda le daba un aire prehistórico. Se parecía a la que Simón había estado dibujando, solo que esta tenía una herida en la papada, visible cuando giraba la cabeza. Un día la habíamos encontrado así, a punto de morir. Nunca descubrimos qué le había pasado.
En la siguiente pecera había dos geckos. Uno estaba aferrado al vidrio; el otro, subido a una rama dentro del terrario. La piel amarilla y moteada parecía hecha de corcho. Tenían las pupilas verticales y dilatadas. La cola gruesa reposaba como un tubo sobre la rama. El que estaba en el vidrio parpadeó lentamente.
Algunas de las peceras parecían vacías, o al menos no se veía quién estaba dentro a simple vista.
Entre las últimas, una tarántula de patas rojas. Sus patas eran gruesas y negras, y terminaban en las articulaciones con pinceladas amarillentas y rojizas. Siempre me habían encantado las arañas. El cuerpo, cubierto de pelos finos, subía y bajaba lentamente con cada respiración.
Hacia el final de la fila, una pecera vacía. No tenía terrario dentro, solo el cartel que decía “N. constrictor”. Me quedé mirándola un momento. El vidrio estaba empañado por dentro, como si algo hubiera estado allí hasta hace poco.
Un crujido me distrajo. Me tensé y miré hacia atrás. Del otro lado del galpón, algo se movió. Un roce, un leve golpe.
—¿Hola? —dije.
Silencio. Me quedé quieta, prestando atención a todos los sonidos, intentando identificar cada uno.
El goteo de la canilla mal cerrada sobre el mostrador de acero inoxidable.
El aleteo de un pájaro posado en el tinglado.
Las hojas secas rozando la puerta del galpón.
Esperé un segundo más, inmóvil. Y después, nada.
No sabría decir cuánto tiempo estuve ahí. Lo suficiente para que el lugar dejara de parecerme ajeno.