La fila se había vuelto una serpiente de colores chillones. Iban avanzando despacio, empujándose entre risas o bostezos, mientras la señora Torres gritaba nombres como si los estuviera lanzando al viento. Llevábamos quince minutos y ya estaba despeinada, transpirada y con los lentes torcidos.
—¡No toquen las rejas! ¡Eso no es un juego, Tomás!
El grupo olía a protector solar y galletitas húmedas. Muchos se quejaban de tener hambre aunque acabaran de desayunar. Yo caminaba a un costado, sin intervenir. No tenía nada que explicar todavía.
Simón iba al final. Como en la entrada. Siempre último. Tenía las zapatillas embarradas, al parecer era un poco despistado, se habia metido en algún charco que nadie más vio. Dibujaba mientras caminaba. Dibujar y caminar al mismo tiempo sin chocarse con nada requiere cierta habilidad…
—¿Qué dibujás? —le pregunté, bajando el tono para que no me escucharan los demás.
Simón levantó la vista por primera vez. Sin pronunciar palabra, y mirandome de reojo me mostró la hoja.
Era una serpiente. Grande. Muy detallada. Las escamas parecían hechas una por una. No era de las que teníamos en el zoo. No esa.
—¿La inventaste?
—No. Es la del galpón de atrás. - Me dijo
Me detuve.
—¿Qué galpón?
—Uno que está cerrado, pero tiene rendijas. Hay bichos adentro.
Su respuesta me tensó un segundo. Pero no lo dejé ver.
Sabía a qué se refería. Un depósito viejo detrás del sector de mantenimiento. No estaba en el recorrido. Lalo a veces guardaba ejemplares en tratamiento allí. O eso decía. No era mi área.
—Ese lugar está fuera del recorrido —dije, como al pasar.
Simón se encogió de hombros. Volvió a dibujar.
La señora Torres silbó para reunirlos en semicírculo. Ya estábamos en el sector de los reptiles. Las placas de vidrio estaban empañadas por dentro. Era temprano todavía, el calor no había hecho su trabajo. Adentro, las serpientes se movían lento, enroscadas sobre sí mismas, ajenas al ruido del grupo.
—¿Comen ratas vivas? —preguntó alguien.
—¿Si se escapan, te pueden matar? —dijo otro.