Registro Parcial

Desperté en la oscuridad, envuelta en una negrura tan profunda que, por un instante, dudé de la existencia misma de mis ojos. El aire era denso, espeso, como si el tiempo hubiera quedado suspendido. El frío me atravesaba desde la espalda hasta el pecho. Una pesadez, casi viscosa, me rodeaba, penetrando en mis pulmones a cada inspiración. No podía ver nada, pero sí oía: un zumbido grave, intermitente, vibrando como un motor antiguo al borde de rendirse.

Los ojos me ardían, pero me obligué a mantenerlos abiertos. Al intentar moverme, sentí la tirantez de algo alrededor de mis brazos. Vendajes. Estaban sucios, húmedos, torpemente atados. ¿Heridas? ¿Accidente? ¿Cirugía? Nada tenía sentido. Aunque no veía nada, sentía que algo me miraba desde la oscuridad. No podía recordar cómo había llegado a este lugar, ni qué era lo que me estaba pasando.

El suelo bajo mi cuerpo estaba helado y mojado. Un olor metálico que daba náuseas, una mezcla de tierra húmeda, óxido y encierro, me revolvió el estómago. Tragué saliva, pero la boca me sabía a sangre seca y a algo más, algo químico. ¿Cómo había llegado allí? Ni siquiera podía recordar quién era. Mi nombre era… ¿cómo era mi rostro? Solo estaba… despierta. Me llevé la mano al rostro, e intenté reconocerme por el tacto. Nada. Era una máscara anónima.

Durante unos minutos me limité a quedarme quieta, intentando controlar el temblor involuntario que me recorría las extremidades. Respiré lento, profundo, con la idea de engañar al ambiente de que no estaba viva, de que no era real. Quizás, si no me movía, nada vendría por mí y yo podría regresar a donde sea que encajara.

El zumbido persistía, pero de a poco descubrí que no era caótico. Cada ocho segundos, había un clic metálico, preciso, idéntico al anterior. El patrón era tan regular que se volvió hipnótico. Un nuevo sonido me heló la sangre: algo raspaba el suelo a pocos metros. No eran pasos. No era una persona, o al menos no creía que lo fuera. Era algo que se movía sin huesos, como arrastrando su propio peso sin piernas. Se deslizaba con fricción húmeda, como piel desnuda sobre concreto. Sentí la vibración en el piso antes de escucharlo del todo. Se acercaba.

El instinto superó al miedo. Con movimientos lentos, casi reverentes, empecé a soltar los vendajes. El proceso fue agónico, no por el dolor —aunque lo había— sino por el sonido de cada pequeño tirón, que me parecía ensordecedor en aquel silencio. Finalmente, logré liberarme. Me incorporé con dificultad en lo que parecía ser una camilla y, usando las paredes como guía, comencé a caminar. Las paredes eran frías, rugosas, como piedra sin tallar. El lugar parecía vivo, no por lo que contenía, sino por cómo respondía a cada uno de mis movimientos, parecia que tuviera conciencia. Cada paso se amplificaba, se deformaba, las paredes chupaban el sonido y lo devolvian transformado.

Tropecé con una puerta. Estaba cerrada, y su superficie parecía podrida por la humedad y el tiempo. A su lado, pintado en la pared con un trazo grueso y desigual, había un símbolo extraño. Me agaché a observarlo mejor: un círculo incompleto atravesado por una línea que sangraba hacia abajo. Parecía hecho con sangre seca. Me quedé ahí, respirando con dificultad, intentando leer algo en esa forma: un mensaje, una advertencia, una pista. Pero solo tenía preguntas en mi cabeza.

Tenía que tomar una decisión, y lo hice con la terquedad de quien no tiene nada que perder. Apreté los dientes, apoyé el hombro y empujé con todas mis fuerzas. La madera crujió y algo se rompió. No supe si fue la puerta o mi propia voluntad. Pero al fin cedió, aunque de forma incompleta, astillándose más que abriéndose, y me obligó a pasar de costado, raspando mi piel contra el marco.

El pasillo, más allá, era aún más oscuro, aunque ahora mis ojos empezaban a acostumbrarse. Las paredes sudaban humedad. El aire se sentía más denso aún, si eso era posible. Avancé con pasos cortos, mi respiración convirtiéndose en mi único sonido, aunque sabía —sentía— con certeza absoluta que no estaba sola. Había una mirada invisible, fija, contenida en la estructura misma del lugar, pero si me hubieran dicho que la señalara, no hubiera podido hacerlo. Esperaba, en cualquier momento, encontrarme con esa entidad, la que había escuchado arrastrarse.

Al fondo brillaba una luz tenue. Un televisor encendido me esperaba. En su pantalla, proyectada con nitidez cruel, aparecía la foto de una mujer, y algo dentro mío me dijo que era yo, mi imagen. No era una transmisión. Era una escena preparada, como una trampa esperando activarse. Me veía a mí misma, inmóvil, inconsciente, vendada. Junto a mi rostro, un número y una fecha.

Mi garganta se cerró. No era solo la sorpresa. Era la sensación de estar atrapada en una historia que alguien más ya había escrito.

Y, como si ese momento hubiera sido previsto por algo o alguien, un ruido seco me sacó de mi ensimismamiento. Corrí. No por valentía, sino porque la alternativa —quedarme frente a mí misma— era peor. Al final del pasillo había una sala; parecía extraída de otro tiempo. Había cables colgando, monitores apagados, lámparas titilando como heridas abiertas. En el centro, una terminal encendida me esperaba.

Me acerqué lentamente. El teclado era mecánico, rústico, retro. El cursor parpadeaba con una paciencia burlona. Con los dedos temblorosos, escribí el número que había visto en la pantalla. Cada tecla que presionaba era acompañada por un clic mecánico. La pantalla vibró un momento y pude leer:

ACCESO PARCIAL. REGISTRO LOCALIZADO.

Debajo, un nombre. No me resultaba familiar. No generó eco ni reconocimiento. Pero sabía, sin saber cómo y sin lugar a dudas, que era importante.

Un nuevo sonido metálico: la puerta de otra habitación se abría. Algo cambiaba. Este lugar estaba vivo. Nuevamente, algo se ponía en marcha.

Después de debatirlo un instante internamente, decidí acercarme a ver la habitación. Corrí hacia ella como si mis piernas conocieran el camino, como si esto no fuera completamente nuevo para mí.

A mitad de camino, un dolor punzante y agudo detrás de mi cabeza me hizo gritar. El mundo se hizo líquido, distorsionado; el pasillo se desdibujó ante mis ojos. Mientras caía sobre mis rodillas, una imagen irrumpió en mi mente. Un recuerdo. El recuerdo no vino desde adentro. Fue como si me lo incrustaran desde afuera, con fuerza. Un olor químico invadió mi mundo.

Estaba acostada en una camilla. Había gente con batas de hospital a mi alrededor. Las luces eran blancas y me dolían los ojos. Alrededor, varias máquinas. Un pitido constante salía de una de ellas. Voces distorsionadas: