Crucé la puerta que tenía enfrente. Cada paso resonaba hueco, como si el suelo ocultara un vacío insondable bajo mis pies. Las paredes acolchadas absorbían cada sonido, dejándome sola con el eco de mi propia respiración. La habitación no era grande, apenas una celda disfrazada de sala de observación. En el centro, un televisor antiguo brillaba con un resplandor fantasmal en la penumbra. Al fondo, una puerta metálica exhibía el número 07, pintado a mano, la pintura descascarándose en los bordes como piel muerta. Era un televisor de tubo, enorme y pesado, con la carcasa agrietada por el paso de los años. Se parecía a la terminal que había usado antes: todo en aquel lugar parecía extraído de un pasado suspendido en formol. La pantalla mostraba una imagen estática: un paciente vendado, inmóvil, apenas temblando. Me acerqué. El chico era joven. La venda que le cubría los ojos estaba manchada de un marrón oscuro, y su pecho se elevaba en movimientos apenas perceptibles. A un lado, un monitor mostraba sus signos vitales en líneas erráticas. Pulsaciones inestables, respiración superficial. Algo andaba terriblemente mal. Estaba vivo... pero a duras penas. De repente, un zumbido mecánico rasgó el silencio. La pantalla parpadeó.
Sujeto 03 detectado.
Memoria parcial reactivada.
Riesgo de disociación.
Retrocedí de un salto, el corazón golpeándome las costillas como un martillo neumático. Yo era el Sujeto 03. ¿Estaban monitoreándome? ¿Cómo sabían que estaba despierta? ¿Me vigilaban desde el principio? Con un chasquido eléctrico, la imagen cambió. Volvió a aparecer el chico. Sus labios se movieron, y un murmullo salió del altavoz del televisor: —Ayuda... por favor... Otro zumbido me distrajo de las palabras del joven. Esta vez reconocí el origen: venía del pasillo de la terminal de control que habia usado antes. ¿Qué estaba pasando afuera? —¿Hola...? —repitió la voz desde el televisor, esta vez con un tono desesperado—. ¿Hay alguien...? Mi curiosidad por la terminal fue mayor, corrí de vuelta por el pasillo. El archivo seguía abierto. Y había algo más. Un segundo clip de video, etiquetado: "Archivo 03A – Registro interno". Con el dedo temblando, toqué "Reproducir". La imagen era errática, distorsionada. Un ojo. Mi ojo apareció en la pantalla. Podía verme atada, recostada en una camilla metálica. Luces fluorescentes iluminaban la habitación con un resplandor quirúrgico, frío y antinatural. Mi respiración era agitada, y mis sollozos apenas audibles. La perspectiva cambió repentinamente. Voces en off: —No está lista. —La conexión no es estable. —Reiniciar el ciclo. Borrar lo que recuerde. Sentí náuseas. Ese recuerdo no era nuevo. Era mío. Dormido, escondido, esperando a resurgir. Luego, otra imagen. Una niña frente a un espejo empañado. Vestía una bata blanca, sus ojos enormes reflejaban un miedo primitivo. Me miraba fijamente. O quizás me reconocía. —Si estás viendo esto… te borraron todo —dijo una voz que era un eco de la mía—. Pero algo quedó. Encuentra al chico. Él también sabe. Recordar juntos es la única salida. La grabación se cortó con un chillido agudo. La terminal vibró y mostró un mensaje:
Puerta 07 abierta.
Conexión remota establecida.
Memoria compartida iniciada.
Un pitido suave sonó por los altavoces del televisor, de la sala en la que se encontraba el joven. El chico seguía esperando, y sus signos vitales no parecían haber mejorado. Me quedé mirando la pantalla negra de la terminal, viendo mi reflejo: pálido, demacrado, fracturado. Ya no era solo una prisionera. Y si había respuestas… alguien las quería ocultar. Toqué el segundo archivo en la lista: Registro de Prueba 03-A. Una voz metálica llenó la sala: —”Sujeto: mujer, veintisiete años. Condición física: estable. Condición mental: inestable, pero receptiva…” Mi pecho se oprimió. La voz continuó: —"…exposición al estímulo sensorial aumentada a 12.5. Respuesta emocional: anomalía detectada. Memoria alterada." No entendía. Un dolor punzante atravesó mi sien. Algo en mi interior intentaba abrirse paso… intentaba despertar. —"…el objetivo es inducir reconstrucción emocional artificial: generar apego sin base real. Observar si la psique crea vínculos sin contexto." ¿Todo lo que había sentido… era parte de un experimento? ¿Me habían fabricado las emociones? El archivo terminó. Mi reflejo quedó atrapado en la pantalla apagada. Abajo, una pregunta: ¿Desea continuar con el experimento? Apreté "Sí". Un pitido agudo. Y luego. "Permiso revocado. Fin de sesión." Y entonces, oscuridad. No un error. Una decisión. Un cierre intencional. Me habían cortado el acceso. Estaba harta de no tener el control. Harta de no saber quién era, cómo había llegado allí o siquiera cuál era mi nombre. Quería salir. No había luz. El silencio tenía peso físico. Cada segundo se estiraba hasta la eternidad. Mis sentidos se agudizaron hasta el punto en que habría escuchado caer un alfiler al final del pasillo. Con el paso del tiempo, mi cuerpo se adaptó a la penumbra. Pero mi mente no. La oscuridad devoraba mis pensamientos. Avancé de rodillas, a tientas. La pared estaba fría al tacto. El piso era liso, cubierto de una sustancia pegajosa que se adhería a mis pantalones. Al deslizar los dedos por la pared, encontré una puerta metálica. La empujé. El chirrido que produjo fue tan estridente que deseé gritarle que se callara. Una leve corriente de aire rozó mi rostro. Mi corazón dio un vuelco. ¿Alguien había dejado una puerta abierta… o algo había salido de allí? El pasillo era más angosto. Las paredes habían cambiado: ahora presentaban rendijas altas por donde se filtraba una luz grisácea, desvaída. El aire olía a humedad y moho, como a sótano abandonado. De nuevo. Ese mismo sonido, repetido cada ocho segundos con precisión mecánica. Entonces la vi, o más bien la sentí primero. Una figura. Deslizándose en la penumbra. No era una alucinación. No era un monstruo. Era una mujer. Como yo. Pero fragmentada. Como si la hubieran ensamblado… y luego desechado. No hablaba. No parpadeaba. Solo me observaba. Y cada respiración suya sonaba a quejido contenido. Sus ojos, vidriosos, reflejaban la escasa luz que entraba por las rendijas. Se movía con una cadencia antinatural, cada paso parecia calculado por un algoritmo ajeno. La oscuridad había reescrito las reglas del lugar. Me acerqué a ella con extrema cautela. Como no reaccionó, di otro paso. Tenía los brazos vendados. Una cicatriz gruesa surcaba su cuello, cerca de la base del cráneo. Era más antigua que las otras, más profunda. Su piel mostraba múltiples cicatrices… y su mirada contenía un dolor que resultaba insoportable contemplar. Llevaba demasiado tiempo despierta en aquel infierno. De súbito extendió una mano. Dudé, pero finalmente la tomé. Estaba helada. Y sin embargo… sentí una descarga leve, como electricidad estática. Una imagen fugaz atravesó mi mente. No era una visión clara, sino una secuencia entrecortada, como un recuerdo fragmentado que no sabía si me pertenecía. Dos niñas corrían entre árboles altos, el sol filtrándose entre las hojas como si el mundo estuviera hecho de oro líquido. Reían sin inhibiciones, una de ellas llevaba un cuaderno con tapas rojas gastadas. Cada tanto se detenían para dibujar símbolos en la tierra con una rama. El aire olía a hierba recién cortada y a tierra mojada. Una voz suave pronunciaba mi nombre, pero no podía oírlo completo, como si algo lo borrara justo antes de la última sílaba. Una risa cristalina me hizo girar. La otra niña tenía mi rostro. Pero más joven. Más libre. El cuaderno cayó al suelo, abierto en una página llena de símbolos. Uno destacaba: un círculo con una línea diagonal. Un zumbido sordo me arrancó del trance. Parpadeé. La mujer aún estaba frente a mí. Detrás de ella, una puerta se había abierto. Una luz parpadeante titilaba a lo lejos, revelando una nueva habitación. Ahora podía verla con claridad. Sus pies descalzos temblaban levemente. La venda en su brazo estaba empapada de un líquido oscuro. Pero no mostraba miedo. Entré, con pasos medidos, sintiendo que algo se había desbloqueado en mi interior. Sobre una pared grisácea había un panel de metal oxidado. En él, una ficha clínica amarillenta, sujeta con dos tornillos. Número: 03 Fecha: anterior a mi despertar. Foto: su rostro. Y debajo, un nombre que no reconocía. Pero al leerlo, algo en mi núcleo se estremeció. No era un recuerdo. Era un reconocimiento visceral. Ese nombre… era mío. Ella era yo. Sentí un tirón en el estómago, como si mi cuerpo quisiera retroceder, pero mi alma avanzara. Extendí la mano con lentitud, como si tocar aquella ficha pudiera sellar un destino. No podía apartar la vista. La realidad se imponía con crudeza. Justo antes de rozar el panel, este emitió un clic seco. Mecánico. El sonido me congeló. La mujer me había seguido en silencio, seguía allí esperando. Me miró. Y por primera vez, esbozó una sonrisa. Apenas un leve arqueo de labios, frágil, como si hubiera olvidado cómo se sonríe. Quizás ya había cumplido su propósito. Quizás ahora era mi turno. No era un monstruo. Era una versión anterior. Un eco quebrado de mí misma, aún resonando en los pasillos de aquella pesadilla. Quería destruirlo todo. Estaba enojada, por mi, por ella y hasta por el joven al que no conocía. Pero para hacerlo necesitaba un plan y para éste respuestas. —¿Quién eres? —me atreví a preguntar, aunque mi voz apenas fue un susurro ronco. Ella inclinó la cabeza con un movimiento robótico, como procesando la pregunta. Sus labios se separaron con lentitud. —Sujeto 03 —respondió con una voz que sonaba a metal corroído—. Fase terminal. Un escalofrío me recorrió la espalda. Yo era el 03. El chico de la pantalla... era el 07. —¿Qué es este lugar? —insistí, dando un paso hacia ella. La mujer retrocedió, como si mi proximidad le causara dolor físico. —Programa Espejo —dijo, y su tono se volvió momentáneamente humano—. Nos conectan. Nos separan. Nos rompen para estudiar cómo nos reensamblamos. El pasillo pareció contraerse. Las paredes, antes inertes, ahora parecían palpitar. —¿Cuántos somos? —pregunté, esforzándome por mantener la voz estable. —Éramos siete —respondió, su mirada perdida en la oscuridad—. Ahora... no estoy segura. El tiempo aquí es elástico. Un destello de luz estroboscópica iluminó el techo. Las alarmas comenzaron a aullar. La mujer abrió desmesuradamente los ojos. —Vienen por ti —dijo con urgencia—. No dejes que te conecten otra vez. Si lo hacen, perderás lo poco que has recuperado. Antes de que pudiera reaccionar, se abalanzó sobre mí. Pensé que me atacaría, pero en lugar de eso, me apretó algo en la mano. Era frío y diminuto. —Encuéntralo —susurró en mi oído, su aliento oliendo a cobre y medicamentos—. A él. A 07. Juntos podéis... recordar. Y tan rápido como había aparecido, se desvaneció en el pasillo, sus pasos ahora silenciosos, como si nunca hubiera existido. Abrí la mano. Era una llave de memoria USB, antigua, arañada. En un lateral tenía grabado un símbolo: un círculo con una línea diagonal. Las alarmas seguían aullando. El sonido perforaba mis tímpanos. Debía decidir: volver a la habitación inicial o avanzar hacia lo desconocido. Las luces del pasillo comenzaron a encenderse en secuencia, acercándose a mi posición. El tiempo se agotaba. Cerré el puño alrededor de la memoria USB y corrí hacia adelante, adentrándome en la oscuridad. Por primera vez desde que desperté en aquel infierno, sentí algo más que confusión y miedo. Sentí propósito.