El sol caía sobre las jaulas como todos los lunes. Los barrotes proyectaban líneas largas y temblorosas sobre el sendero de tierra húmeda. Era temprano. Los pájaros no cantaban todavía. Solo el zumbido de una lámpara encendiéndose y el crujido de una puerta oxidada marcaban el inicio del día. Los animales estaban tranquilos, medio adormecidos por la primavera.
Los lunes eran mis favoritos.
Sin gritos.
Sin caramelos pegados en los vidrios.
Sin padres ansiosos, intentando que sus hijos les presten atención.
Solo yo, los animales… y el silencio.
Estaba parada frente a la jaula del tigre, con el cuaderno en la mano y el olor a tierra húmeda todavía pegado a la ropa. Un tigre viejo me devolvía la mirada con los ojos entrecerrados desde su rincón. Era difícil saber si dormía o simplemente no quería que lo miraran.
Escuché pasos arrastrados detrás de mí, seguidos por un silbato breve.
—¡En fila, en fila! ¡Nada de correr! —dijo una voz fuerte, algo cansada.
Cierto, hoy era la excepción. La visita escolar había llegado quince minutos antes. Veintitrés niños con mochilas floreadas, zapatillas luminosas y voces que saltaban como pelotas rebotando entre jaulas. Detrás de ellos, la señora Torres, con su chaleco beige y el silbato al cuello, apretaba una carpeta contra el pecho como si fuera un escudo. Vestía una camisa de flores demasiado alegre para su expresión endurecida. Sus lentes colgaban del cuello y tintineaban cuando se movía rápido. A pesar de su contextura robusta, se desplazaba con energía entre los niños.
—¡En fila, por favor! ¡Dije en fila! ¡Martín, soltá ese mapache! —gritó, mientras sus mejillas se volvían más y más rojas.
Veintitrés. Veintitrés retoños enloquecidos. Algunos mascaban chicles aunque les hubieran dicho que no. Otros reían sin motivo. Y uno, más atrás, caminaba solo. Era moreno, delgado, con un buzo azul desteñido de dinosaurio. Tenía una mochila cargada de pines y dibujaba en una libreta mientras caminaba. Ni siquiera levantaba la vista.
Simón.
Lalo apareció desde el sector de los felinos, con su guardapolvo verde desabrochado flotando al caminar. Llevaba su walkie-talkie en el bolsillo, una libreta médica que se deshacía por los bordes y guantes de látex colgando del cinturón. Tenía barro en las botas y una mancha de yodo en la camiseta blanca.
—Clara, ¿nos ayudás con el grupo? —preguntó sin detenerse.
Su barba crecida, mal afeitada, le daba un aire más descuidado que profesional, pero sus ojos eran atentos. Demasiado atentos.
Asentí. Pero no me moví. No tenía apuro. Dejé que los chicos pasaran delante mío. Ellos aún no lo sabían, pero este lugar… cambia a las personas.
Me crucé de brazos. El cinturón con llaves tintineó levemente. Sentí la colita húmeda en mi muñeca. Odiaba esa sensación. Eso me pasaba por lavarme las manos sin prestar atención. El sol pegaba fuerte, pero tampoco era eso lo que realmente me incomodaba. Había algo en los animales. La forma en que se movían. Lentos. Cautelosos.
La señora Torres intentaba sonar firme, pero su voz se quebraba al segundo grito. Lalo hablaba por su walkie-talkie con alguien del sector de aves, con las cejas fruncidas. Y los chicos… bueno, los chicos estaban en otra parte. Todos ellos mirando, entre distintos barrotes, los animales que contenían las jaulas. Todos menos uno: Simón.