Yacía el joven en la cama, con los pies amarrados y el cuerpo caliente. El reloj marcaba las cuatro de la mañana, el silencio indicaba que era martes, el sudor frío indicaba que era junio. Tenía los brazos pegados uno a cada lado del torso, los ojos abiertos con asombro, la boca sellada, ahogándose, amordazado. Las sábanas pesaban como sacos llenos de arena y lo envolvían cual serpiente hambrienta, sentía que el cuarto entero palpitaba, su pecho se sentía pequeño, su oído se veía invadido por una voz familiar que le susurraba juguetona, que le daba asco y cada vez unas ganas más fuertes de gritar, en una melodía transmitida a través de las generaciones. La sombra a los pies de la cama se movía de un lado a otro, sin avanzar, sin retroceder. Algo tibio se deslizaba por su frente, ¿una gota? ¿saliva? ¿sangre? Y le tapaba la vista, quedando solo el sonido incesante de una respiración agitada ingresando a sus tímpanos.
Pudo, por fin, cerrar los ojos y, moviendo con las encías la mordaza de su boca, cayó en un sueño ligero que solo sería interrumpido por el hambre con el pasar de las horas.