En 1971, el explorador y naturalista Sir David Attemborough llevaba explorando unos días una zona montañosa de Nueva Guinea, ayudado por una tribu local.

Allí la selva es tan y tan frondosa que el avance se convierte en un suplicio, apenas unos cientos de metros por día.

Al tercer día llegaron a un collado.

Entonces los guías de la tribu local, se negaron a continuar acompañándolo. Sus rostros de miedo no presagiaban nada bueno.

El líder del grupo explicó al equipo de Sir David, que allí acababan los dominios de su tribu y comenzaban los de una tribu vecina qué tenían fama de caníbales sanguinarios.

Mientras discutían qué hacer, desde lo más profundo de la selva, aparecieron de la nada unos 80 hombres.

Todos armados con lanzas, cuchillos y otras herramientas que no te voy a describir aquí, con cara de pocos amigos y el taparrabos homologado de la época.

Comenzaron a correr hacia ellos, gritando como locos.

Sir David, se arregló la camisa mientras llegaban.

Y justo cuando los tenía delante, alargó la mano en posición de estrecharla y dijo “Buenas tardes”.

Todo se paró de golpe.

¿Qué pasó?

Resulta que este saludo es el típico de Nueva Guinea, el líder de la tribu vecina estrechó la mano a Sir David y la expedición no fué devorada por caníbales hambrientos.

De esta anécdota real de las aventuras de David Attenborough nos queda un bonito aprendizaje y se confirma un refrán bastante conocido “La educación no está reñida con nadie”

Ya sabes, ofrecerle la mano a la muerte te puede hacer llegar a los 96 años con completa lucidez.

LLegar a la edad de David Attemborough es un logro, imagina lo que ha podido vivir y sobretodo aprender en todo ese tiempo.