La ciudad no parece querer dormir a la hora indicada. Escandalosos estruendos que resuenan entre las calles, sirenas, gritos alocados, música que inunda mis tímpanos y parece querer reventarlos. Es una dulce tonada la que me llena, el roce de las ruedas de un auto contra el pavimento antes de frenar, el “Oh” que le sigue y las miradas impúdicas y curiosas. Los cuerpos tirados en plena vía pública carentes de sentido común con un leve hilo de aliento impregnado de alcohol y tabaco. Las mujeres y los que fingen serlo mostrando sus piernas depiladas a los automóviles, un entorno agradable. Ropa brillante como los anuncios de casinos que intentan llamar la atención porque intentan ser algo más que solo ropa. Olor a sudor y orina que inundan cada rincón recordándonos que no todo es tan bonito, pero aun así lo parece.

Bailo al son de los ladridos de los perros, esperando un aullido que invoque a la luna llena. Salto sobre las franjas que dividen el suelo imaginando que mis pies se hunden y me ahogan en ese hedor de mil noches juntas. Es asqueroso y bello, como el inerte cuerpo de una doncella a punto de ser devorada por los gusanos. Me lanzo a ese profundo pozo, que en realidad es el cielo y las piedras son mi viento. No hay un arriba o un abajo, simplemente todo da vueltas.

¿Qué pasa?- No veo un alguien, solo una silueta con más de tres ojos con una voz de ultratumba.

¿Me fui?- Balbuceo. No comprendo bien la situación, recuerdo estar en el epicentro de mi ciudad y reír, no sé con quién o por qué.

Nos vamos.- Ahora esa silueta dejaba de reírse.

Viene una cinta de imágenes a mi mente, como una película que se pasa por dentro de mis hinchados ojos, cansados.

Me hundo...- Rozamos lo que parecen ser nuestras manos, las agarramos cómo niños en excursión de colegio, las apretamos, es algo cálido, algo así como humano. Reímos con sinceridad, hundiéndonos, desapareciendo despacio, sin soltarnos.

Nos vamos.