-¿Estás bien?- Una voz lejana, un poco nostálgica. No pude responder, no tenía idea de nada. Conocía la palabra “Sentimientos” y cada uno de ellos. Podía sentirlos, pero no podía decir “Estoy bien” o “No, no lo estoy”. Creo haber abierto la boca, pero entonces recordé que no podía hablar. Suspiraste aliviado, entendiendo. Miré de un lado a otro, pudiendo ahora imaginar en dónde estaba bajo la luz tenue de la luna en mi ventana, acomodando la manta sobre mis hombros.
Está oscuro, vuelve a dormir.- Aseguraste en un tono regañón. “En primer lugar tú me despertaste” hubiera querido decir. Asentí con mi cabeza y me acosté de nuevo.
¿Te sientes bien? Parecía que no estabas teniendo un buen sueño.- Exacto, “Soñé que mi voz no salía de mi garganta… ¿Sabes? Realmente me asusté”. Bajé la mirada, no puedes oírme. Sonreí y miré a la ventana mientras pasabas tu mano por mi cabeza en un gesto cariñoso.
Buenas noches.- Fue como un leve susurro que llegaba suave a mis orejas. ¿Cómo era mi voz? ¿Aguda, grave, tranquila, ronca? ¿Alguna vez la tuve? ¿Qué se siente gritar? Las respuestas no llegan. Muerdo mi labio inferior. “Buenas noches para ti también”.
¿Por qué no puedes oírme? ¿He hecho algo malo? ¿Qué hay de ti, te has portado bien? ¿A quién va dirigido el castigo de este silencio y quién lo manda?
Vuelvo a sentarme en la cama. Hace un rato que desapareciste.
¿Qué es lo que estás pensando? ¿Eres feliz? ¿Lo eres?
Afuera hay un búho que me mira. Me asusta, no me gustan los búhos. Comienza a emitir su peculiar sonido, similar a una carcajada ¿Se está burlando? Emite un ruido cada vez más fuerte, está llamando a alguien. No dejo de mirarlo y oírlo. Me llena, me invade. Cubro mis orejas con mis frías manos sin dejar de mirarlo, no quiero oír sus burlas. “Vete ya”, “Largo de aquí”. Mi vista comienza a nublarse, ¿Estoy triste? ¿Estoy llorando? Quiero gritar. Quiero que entres y vuelvas a darme las Buenas Noches, para entonces detenerte antes de que te vayas; para tomar tu mano. Para pensar lo que siento o solamente sentirlo. Para que me abraces, para abrazarte. Para no llorar, para oírte. Un agudo chillido traspasa mi garganta, ¿Es esa mi voz? Suena como madera contra fricción. Y le sigue otro chillido, y otro más grande. Cada vez más grave, más tosco, más ahogado. Estoy peleando contra el búho que se avalanza hasta mi cama, en una batalla que creo que puedo ganar. Chillo una vez tras otra, ¿Puedes oírme? ¿Lo sientes? No grito palabras, solo letras unidas al azar, ¿Puedes entenderlas? ¿Quieres entenderlas? Estás en el marco de la puerta, mirándome espantado. Estoy feliz de que por fin hayas llegado hasta mí, de que mi débil voz o el ajetreo de alas y extremidades entrelazándose en el aire te guiase hasta este lugar.
¿Qué es ese olor? Busco mis manos, que han dejado de estar en mis oídos hace un buen rato, ¿Dónde están? ¿Se las llevó el búho? ¿Cambió mis manos por su voz? Confusión y aturdimiento me invaden mientras parpadeo. Encontré mis manos, están en mi cuello. Error, esas son las tuyas, tus manos están en mi cuello y las mías se han unido a mis hombros. Tus manos bajando ahora aprietan mi abdomen, desplumándome. ¿Por qué? Miro alrededor, estoy afuera, del otro lado de la ventana bajo la tenue luz de la noche ¿Quién es ese? En mi cama hay alguien, que parezco yo, pero yo estoy fuera, aleteando y chillando.
¡Vete, ave infernal!- Agitas tus brazos con una expresión que me asusta. Continúo chillando, *¿No puedes oírme? ¿Por qué me atacas? “*Soy yo” Escúchame. “¡Soy yo!” Estoy cada vez más alto pero me tambaleo. Siento el viento rozar mi cuerpo, no puedo erguir mi espalda, mis pies son débiles. Acabas de cerrar la ventana. Me acerco nuevamente al árbol que da con la ventana y me escondo a mirar. Regresas a abrazar el cuerpo que dejó de ser mío, que llora sin emitir sonido alguno. “No soy yo… No lo toques” Se calma y te sientas a su lado, ¿Por qué no me escuchas? Comienzo a chillar nuevamente.
Qué pájaro más persistente.- Desde el armario tomas tu arma, esa que llevas cuando vas de cacería.
Abres la ventana nuevamente, apuntándome.
¿Es este el final?
“No dispares, por favor, no dispares” No salen palabras, es más cómo un silbido agudo. Agito mis brazos.
– “Soy yo, ¡el búho soy yo!”- Anuncio demasiado tarde; has jalado el gatillo.
Te veo mirar hacia atrás por un momento asustado ¿Lograste oírme? Pareces confundido y absorbo esa expresión llevándola conmigo al piso que golpeo fuertemente.
¿Me escuchaste, verdad? Escucho el ajetreo de los peldaños de las escaleras a pasos rápidos, mas no puedo asegurar que la silueta a mi lado seas tú por el olor a pólvora que me inunda.
Algo cálido nace y se detiene en el lugar del impacto; tu mano o el interior del búho desbordándose. Quiero pensar que eres tú mientras mi cabeza cae por su propio peso y todo mi cuerpo pierde su voluntad, deshaciéndose en tus brazos.
Me pregunto si, cuando vuelvas a apuntar tu escopeta, pensarás en mí como el ave cuyo vuelo detuviste, o si, para calmar tu mente, verás la cara del impostor en mi cama y, acariciando su pelo, le dirás que vuelva a dormir.