Durante el siglo XIX, se fue popularizando la idea de “the proper custody and treatment of the insane are now recognized as among the duties which every State owes its citizens” a través del mundo (Meier, 2017). Con la concientización del rol que tiene el Estado en proveerle servicios médicos a su población, en Puerto Rico, esto da paso a la creación del Asilo de Beneficencia en el 1841 bajo la gobernación de Santiago Méndez Vigo. Proyectos como la construcción del Asilo fueron descritos como beneficencia pública, donde a través de estatutos, ordenanzas públicas, impuestos, loterías y suscripciones públicas era que se manejaba su documentación y fondos. Para proclamar el concepto de la beneficencia pública como necesario a la población puertorriqueña, el gobierno lo justificó repitiendo la idea que Puerto Rico era “un pueblo naturalmente piadoso y compasivo” y por esto se necesitaba una institución oficial que reflejara esto (Goenaga, 1929, 10). Aunque muchos de los asilos construidos en Estados Unidos sirvieron específicamente para tratar enfermedades mentales, en el Asilo de Beneficencia funcionó como “un remedio oportuno de los males que experimenta la humanidad” (Goenaga, 1929, 11). Refiriéndose a esto, el Asilo aceptó
a los pobres de solemnidad y a los ancianos que no puedan ganar su sustento, así como también a los imposibilitados que se hallen en el mismo caso, sirviendo al mismo tiempo de corrección a las mujeres que la justicia condene a reclusión, y que puedan recogerse igualmente en ella aquellas cuya conducta relajada obligue a las autoridades a separaras de los vicios con que escandalizan la moral y buenas costumbres, y en donde, por último, pueden también retenerse los jóvenes mal entretenidos (Goenaga, 1929, 11).
Con el fin de establecer un edificio que se especializara como un orfelinato y asilo para todos los que lo necesitaran, se tuvo que escoger una localización que reflejaran las ideologías de curar a personas de esta índole. Por esto, se escogió la localización actual donde se encontraba en “la parte más desahogada y alta de la ciudad… en una elevación donde reinan brisas constantes, frescas y puras del mar” (Goenaga, 1929, 10). Sin embargo, este sitio ya estaba ocupado por parte del barrio más pobre de todo Viejo San Juan, el barrio Ballajá. Aún así, se decidió construir y expropiar a todas las familias que habitaban en el área, irónicamente con el fin de aportar a la beneficencia pública.
Desde su construcción, el Asilo siempre experimentó problemas con la cantidad de fondos que recibía por el gobierno. Algunas veces hasta dependiendo de subastas públicas para poder seguir proveyendo los mismos servicios. En el periódico La Gaceta se encuentran varios pasajes anunciando esto. En un caso, se puede leer el pliego de condiciones de una subasta “para sacar en pública subasta el servicio de suministro de medicinas, sanguijuelas, hilas y demás que se expresa para el Asilo de Beneficencia y Manicomio durante el presente año económico” (1882, julio). En casos como este, la subasta se hacía para establecer un contrato con una persona para proveerle los suministros mencionados al Asilo.
Además de problemas económicos, el Asilo de Beneficencia también contaba con una organización inadecuada para la cantidad y tipos de pacientes que eran admitidos. Se tenían que reorganizar los cuartos para acomodar a tantos pacientes además de modificar y cambiar espacios para que estuvieran al tanto con los mejores tratamientos para enfermos mentales de la época. Aún a finales del siglo XIX, los asilados eran dejados en cuatro salas principales, sin separación por sexo, edad, enfermedad, condición, etc. (Goenaga, 1929). De hecho, el único requisito para estas salas era ser limpiadas habitualmente. Sin embargo, a pesar de esta limpieza habitual, muchos de los pacientes a través de los años 1844-1898 murieron de enteritis crónica y entero colitis (García Selva, 2009). Esta enfermedad del estómago era característica de “personas recluidas en hospitales en hospitales desprovistos de una buena higiene” y “que eran negligentes en brindarle a los enfermos una alimentación de buena calidad” (García Selva, 2009, 159). Por esto, los problemas en la institución no solamente afectaron el empeoramiento de la salud mental de sus pacientes, sino que también su salud física. Incluso, a principios del siglo XX, tuvieron que trasladar a todos los huérfanos de la institución al Instituto de los Padres Escolapios y las Madres del Corazón de Jesús por la falta de espacio y personal para atenderlos.
Con la llegada americana se pueden observar mejoras en el Asilo, mayormente por peticiones del director del Manicomio Insular, Francisco Goenaga, y el apoyo del gobernador Beekman Winthrop. A través de la dirección de Goenaga es que se hacen los cambios más drásticos, particularmente en la esfera de acoger a todo tipo de persona. Previamente, el Asilo de Beneficencia acogía a pacientes pudientes en mayores cantidades que otros más pobres. Esto se da porque parte de sus ingresos iban directamente al sostén de la institución. Francisco Goenaga trabajó arduamente para eliminar esto y hasta él mismo recorrió la Isla buscando a personas que necesitaban de los servicios del Asilo. Incluso, Goenaga solicita la adición de un gimnasio, biblioteca, recreos y banda de música. Aunque esta petición no se cumplió completamente, sí se pudo lograr la separación de sexos y edades, una organización más cómoda, jardines y una sala de operaciones al mismo nivel tecnológico que Estados Unidos. Eventualmente, durante los años 1907 al 1909, se logró acoger a “todos los locos de la Isla” (Goenaga, 1929, 65). Sin embargo, continuaron problemas de sobrepoblación de enfermos donde en un tiempo se documentaron más de 240 asilados con solo 1 médico para atenderlos (Goenaga, 1929).
Eventualmente, el Departamento de Sanidad ocupa el Asilo de Beneficencia del 1923 hasta el 1929 para usarlo como parte del ejército de Estados Unidos (“Sede”, n. d.). Éstos llevaron a cabo modificaciones estructurales al edificio añadiéndole ciertos aspectos que se pueden ver hoy en día. En el 1978, la Administración de Servicios Generales otorga una escritura de cesión y el edificio queda abandonado hasta el 1985 (“Sede”, n. d.). A partir de este año se hace una restauración y en el 1992 se inaugura como la sede oficial del Instituto de Cultura Puertorriqueña, que continua en función hoy en día (“Sede”, n. d.).
Después de tener en cuenta de todo el contexto histórico del Asilo de Beneficencia y el Manicomio Insular, nos podemos adentrar en cómo los estilos arquitectónicos reflejan lo que se conocía de las enfermedades mentales a través de los años y cómo esto tiene una influencia sobre los pacientes. En el caso de el Asilo de Beneficencia, se construye replicando un estilo arquitectónico neoclásico. Este estilo de arquitectura se caracteriza por ser una reacción hacia el movimiento barroco que tenía como prioridad el exceso, detalles y abundancia. Lo neoclásico surge durante el siglo XVIII y XIX buscando regresar al orden y racionalidad a través del renacimiento de la arquitectura grecorromana y clásica (Ibarra, n. d.). Algunas de sus características son la simplicidad antigua, el uso dramático de columnas, simplicidad de formas geométricas y la grandeza de la escala (Ibarra, n. d.). En la Figura 1, se pueden ver estos detalles en la fachada del Asilo, especialmente el uso de columnas y de formas geométricas. En términos de su estructura interna, fue una “planta regular con las dependencias distribuidas en torno a dos grandes patios porticados, separados por una crujía central en la que se encontraba la capilla y talleres separados para hombres y mujeres” (García Selva, 2009, 87). Este estilo arquitectónico, además de la simplicidad de la estructura, reflejaba un discurso higienista que existía en la época hacia las enfermedades mentales. Se pensaba que, si se le introducía el valor del trabajo, productividad, riquezas y civilización a los enfermos, esto podía impulsarlos a curarse (García Selva, 2009).

Figura 1: Fachada del Asilo de Beneficencia (Rodríguez, n. d.)
Por esto, se pensaba que una de los mejores tratamientos era tener la mente distraída con el trabajo. En sus principios, este trabajo era obligado, pero luego se fueron introduciendo talleres de arte y otras cosas similares. En fotos antiguas del Asilo, se pueden ver espacios dedicados a un costurero y planchadero electrónico para las mujeres. Aún así, no se deja claro si esto era un trabajo obligado o de recreo. Otro aspecto que se le dio mucho énfasis para el tratamiento de enfermedades era la importancia de la luz y el viento. Como fue mencionado anteriormente, el viento es tan importante, que es la razón primordial para la localización del Asilo. Sin embargo, en el 1859 se documenta que muchos de los pacientes mentales se encontraban situados en cuartos “privados de ventilación y de brisas” (García Selva, 2009, 155). En adición, aunque la institución tuvo como prioridad mantener las mentes de sus pacientes distraídas y con acceso a luz y viento, el tratamiento de la “locura furiosa” consistía en encerrar al paciente en jaulas ilustradas en la Figura 2. Con estos últimos ejemplos se hace claro que, aunque el Asilo seguía ciertas ideologías para tratar la locura, se vieron contradiciéndose por la inclusión de ciertos tratamientos.

Figura 2: Jaulas usadas para aislar a pacientes en el Asilo de Beneficencia (Goenaga, 1929)
A pesar de todas las malas condiciones que se acaban de señalar, el Asilo siempre tuvo la función de ser un centro de rehabilitación en vez de un “almacén de locos” (Rivera Rivera, 1995, 155). Podemos ver esto a través de la admisión de un paciente nuevo. A éste siempre se le requería un historial social y médico proveído por los familiares, para poder entender mejor las circunstancias de la locura. Algunas preguntas que se contestaban eran: “antecedentes de locura en la familia, momento en que se notó ésta, duración de los intervalos de la locura, si esta es relativa a un solo género de ideas o no, causas de la locura, forma en que se manifestó, medios y resultados utilizados anteriormente para la curación de la enfermedad, si el demente era pobre de solemnidad o tenia recursos familiares con bienes propios, si era esclavo y sabia el amo a que había pertenecido” (Rivera Rivera, 1995, 155).

Figura 3: Fachada del Manicomio Insular (García Selva, 2009)
En el caso del Manicomio Insular, que se empieza a construir en el 1862 y termina el 1873, se edifica con el propósito de especificarse en el tratamiento exclusivo de los enfermos mentales, ya que en el Asilo de Beneficencia aún se atendían casos de mujeres reclusas y huérfanos. Intentaba mejorar las condiciones y críticas que se le hacían al Asilo sobre su estructura. Por ejemplo, se construyen más cuartos con ventilación accesible, habitaciones para empleados, enfermería para enfermedades físicas, baños, talleres y salas de convalecencia para la vigilación constante (Rivera Rivera, 1995). Contaba con el espacio para atender de 124 a 200 asilados y parte de su estrustura fue dedicada a espacios de tratamiento como la hidroterapia, terapia ocupacional, remedios físicos y tratamiento moral (Rivera Rivera, 1995).
A diferencia del Asilo de Beneficencia, toma influencias de otros recursos para desarrollar su estilo arquitectónico (García Selva, 2009). Utiliza al texto de Jean Baptiste Maximien Parchappe de Vinay, Des principes a suivre dans la fondation et la construction des asiles d’aliénés, como modelo arquitectónico. De Vinay establece que en instituciones para la enfermedad mental deberían seguir un estilo sobrio, austero y económico. Principalmente porque “no sentaba bien el lujo en instituciones de dolor” y que “el verdadero lujo debía ser la limpieza, el orden, y salubridad del edificio” (García Selva, 2009, 93). Incluso, se debería implementar este estilo porque no podían haber ningunas complicaciones arquitectónicas que excitaran la imaginación de los pacientes (García Selva, 2009). Todo esto fue implementado porque se entendía que era lo mejor que se podía hacer para ayudar a los asilados. No obstante, resultó evidente su aspecto carcelario a través de la organización arquitectónica, ya que este estilo funcionaba más para controlar la locura (García Selva, 2009). Añadiéndole al aspecto carcelario, muchos de los cuartos fueron provistos con rejas de hierro en sus ventanas para prevenir alguna situación. Para empeorar sus condiciones, pacientes se encontraban durmiendo en la intemperie o en un suelo húmedo. Esto evidentemente tuvo una consecuencia negativa hacia los pacientes, encontrándose en malas circunstancias físicas y mentalmente.