Por Jorge D. Canto E.
Realmente no me entiendo a mí mismo, porque quiero hacer lo que es correcto pero no lo hago. En cambio, hago lo que odio. Romanos 7:15, NTV.
Leer a Pablo sufriendo una batalla contra el pecado en Romanos 7:14-25, ha sido un manantial de consuelo para cientos de creyentes de diferentes épocas, y además, ha traído tranquilidad a aquellos que sienten que su debilidad es demasiado fuerte como para ser realmente portadores del Espíritu Santo, o verdaderamente cristianos. Al menos en mi caso, siendo un adolescente convertido y en lo que se llama coloquialmente el “primer amor” por mis experiencias con Dios, al sentir fallarle al Señor mi corazón se estrujaba y mi desesperación ardía. Pero cuando leía a Pablo con esas palabras, podía entender que de eso se trataba la santidad, de una lucha día a día contra la vieja naturaleza. Si el apóstol, siendo llamado directamente por Cristo, podía padecer esa frustración, un creyente común de esta época, también lo haría.
Sin embargo, existen diferentes puntos de vista lo que el apóstol quso decir en esta porción. Muchos creyentes genuinos y sinceros se preguntan sí se trata verdaderamente de la experiencia de un cristiano ejemplificada con un Pablo ya creyente luchando contra el mal de su carne, o, sí en el mejor de los casos, es preferible interpretarlo como una impotencia “pre-conversión” o tipológica de todo Israel. Por ejemplo, John Wesley (arminiano) describe el lamento del apóstol como el de un hombre sujeto aún a la ley y no bajo la gracia, es decir, un incrédulo:
¡Qué descripción tan viva de quien está bajo la ley! De quien siente una carga de la cual no se puede librar; quien jadea por tener libertad, poder y amor; pero aún permanece en la servidumbre y el temor, hasta el día en que Dios escuche a ese desgraciado que grita: «¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?» y le conteste: «La gracia de Dios por medio de Jesucristo tu Señor».[1]
Lo curioso es que la perspectiva de Wesley no es propiamente de los de aquellos que plantean una soteriología sinergista, por ejemplo, Douglas Moo, erudito con inclinación a una perspectiva calvinista de las Escrituras, sostiene –– en su aclamado comentario a los Romanos–– que debido a la enfática muerte al pecado que Pablo planeta en el capítulo 6 y la capacidad de vencer su poder por el Espíritu expuesta en el capítulo 8, es improbable sino imposible, según la mentalidad de la “novedad del Espíritu” en la carta, que Pablo hablé de su propia experiencia como un hijo de Dios regenerado. El “yo” (gr. ἐγώ egó) de 7:9 no es una autobiografía del apóstol, sino una solidaridad con el pueblo de Israel a nivel histórico y generalización de la experiencia judía hasta ese entonces: “venido el mandamiento” significa la Torah dada en el Monte Sinaí y el morir a la incapacidad por guardar la ley de Dios por más buenas intenciones que existan y esto se aclara aún más al hablar del décimo mandamiento: no codiciarás. Antes de la entrega de la ley no había una condenación legal, cuando Israel caminaba en el desierto, pero al venir la lista de estipulaciones de la alianza, entonces esto incrementó la culpa. Así, dice Moo:
Pablo está describiendo su propia experiencia y la de otros judíos con respecto a la ley de Moisés: que la ley que recibieron los judíos, en vez de darles vida, les trajo la muerte (v.v.7-12); así como el fracaso de la ley en liberarles del poder del pecado, por causa del reinado de la carne” (vv.13-125)...Pablo mira hacia el pasado, hacia su propia situación y la de otros judíos como él, que vivían bajo la ley de Moisés, contemplados desde una perspectiva cristiana.[2]
De esta manera, el tan famoso agradecimiento paulino al final de la perícopa: “¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro. Así que yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, más con la carne a la ley del pecado.(Ro. 7:24-25)”, se trata de la liberación que trae la nueva era en Cristo al que estaba sometido a Adán y bajo el poder de la ley.
En el otro espectro de opinión, algunos siguen a Agustín de Hipona, quien interpretó esta porción como la vivencia de un regenerado que lucha con su concupiscencia. Esta interpretación en particular tendría más repercusión en la cristiandad occidental. Martín Lutero, de igual forma, se sostuvo de esta porción para defender su tan típico lema: Simul iutus et pecattor (justo y a la vez pecador), la cual entendía que un creyente podía ser justificado, es decir, declarado legalmente justo delante de Dios y, a la par, seguir siendo un pecador que lucha contra el mal. El creyente es un excelente vaso receptivo de la gracia divina, que no es justo por sus méritos ni por su propia justicia, sino una externa que le es dada, a saber, la de Cristo.
En lo personal, aunque creo que las dos posiciones tienen puntos muy fuertes y son loables, sigo esta última perspectiva acerca del pasaje, y a continuación daré mis razones.
Si no fueran por estas pequeñas pistas, sería sencillo admitir que aquí se retrata la vida de un judío incrédulo sin la ley del Espíritu en él. Sin embargo, Pablo dice algo muy importante acerca de la antropología bíblica: “Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios” (v.22). Tenemos un no pequeño problema si entonces un incrédulo pudiera desear con “el hombre interior” hacer el bien para agradar al Señor. Pablo pudiera ser acusado de protognosticista por proponer que en el alma de una persona se encuentra lo bueno que desee las cosas buenas y en el cuerpo lo innatamente malvado. Sin embargo es improbable que el apóstol pensara de esta forma; ya ha dicho anteriormente la realidad de un ser interior renovado, y solo puede interpretarse como aquel que posee al Espíritu. En Romanos 2:28-29 prepara a sus lectores judíos que se jactan en el cumplimiento de la Torah para entender quienes son los “verdaderos judíos” y por ende, los que en esta dispensación cumplen la voluntad del Señor: “Pues no es judío el que lo es exteriormente, ni es la circuncisión la que se hace exteriormente en la carne; sino que es judío el que lo es en lo interior, y la circuncisión es la del corazón, en espíritu, no en letra; la alabanza del cual no viene de los hombre sino de Dios”. La circuncisión del corazón y la renovación interior evoca la promesa del Nuevo Pacto anunciada por Jeremías 31 y Ezequiel 36.
Para sorpresa de muchos, un teólogo metodista arminiano, quien fue experto en exégesis paulina, James G. D. Dunn, cree que esta situación complicada es algo llamado “tensión escatológica”. El creyente ha muerto a la ley, ha venido a una nueva vida, pero siempre luchará contra el mal y gemirá por eso, pues se encuentra en el “ya pero todavía no”, lo que muestra nuestra redención oculta, aún no en cuerpos resucitados, pero con la regeneración espiritual por el Espíritu que nos le ayuda a desear el bien, aunque no sin obstáculos de la carne que permanece todavía en su vida:
El creyente no ha sido removido del reino de la carne; El creyente sigue siendo carnal. Pero el mismo creyente también, con la mente y en la persona interior, desea hacer la voluntad de Dios. Aquí hay una guerra, y el "yo" como carnal todavía está esclavizado bajo el poder tentador del pecado (7:14), todavía atrapado como un prisionero en el nexo de la ley del pecado (7:23). El "yo" todavía no ha sido liberado de este cuerpo de muerte (7:24), es decir, todavía tiene que experimentar la resurrección de la carne, la consumación del triunfo de la vida sobre la muerte, la plena participación en la resurrección de Cristo.[3]
Así, la gratitud por el Señor Jesucristo que libra del cuerpo de muerte en el versículo 25 se trata de la liberación final, escatológica en la resurrección. Por lo tanto, el apóstol puede tener esta resolución sin problema: “Así que yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado”. Sería anticlimático pensar que si hay una liberación total de ese estado, Pablo haya pensado en semejante conclusión.
¿Cómo funciona esta lucha paulina para nosotros? debemos entender que estamos divididos en dos eras que se han traslapado, la era de Adán y la ley, y la nueva era en Cristo y el Espíritu. Mientras estemos en este cuerpo mortal habrá lucha, decepciones y dolor. Pero tenemos la gracia de Dios que puede levantarnos y restaurar nuestro corazón. Romanos 8 nos hablará de cómo el creyente debe confiar en el Espíritu para vencer los deseos de la carne, pero Romanos 7 es un aliciente a aquellos que siendo sinceros, sienten que no rinden como verdaderos cristianos y no dan la talla. El proceso de santidad no es totalmente lineal, crecemos poco a poco pero se debe ser realistas: podrá haber bajas, podríamos caer de nuevo, pero eso no nos hace desaprobados por el Señor. Podemos llegar de nuevo ante él en arrepentimiento y ser limpios. La situación agonizante de Romanos 7 no debería ser la vida común del creyente, pero sí una posibilidad en algún momento. Sin embargo es menester hacer morir el pecado en nuestra vida. Pablo advierte: porque si vivís conforme a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis (Ro. 8:13).
Una porción bíblica paralela a esta lucha en la epístola a los Romanos también puede encontrarse en Gálatas 5:16-18. El contexto de esta perícopa no deja dudas a que está dirigido a creyentes que lucharán contra la carne por medio del Espíritu Santo. Dice Pablo que ambos principios, los de la carne y los del Espíritu se oponen entre sí (v.17). De allí que el apóstol tenga que exhortar a los Gálatas a “andar en el Espíritu y no satisfacer los deseos carnales” (v.16). Se puede ser creyente y permitir que los principios de este mundo permeen en la vida cristiana, y así, dejar de obedecer la voz del Señor y por lo tanto, estar en peligro. Si no fuera esto así, la insistencia del apóstol en este punto sería vana o hipotética.
Pablo dice algo interesante: el deseo del Espíritu se opondrá al deseo de la carne, para que no hagan lo que quieren (v.17). Si se toman varias traducciones al español de la Biblia, se notará que muchas de estas remiten al lector a Romanos 7:15-23. Sobre todo a las palabras de Romanos: “Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago” (Ro. 7:19). Ello es muestra del principio de la tensión escatológica. El creyente al venir a Cristo, seguirá en una época malvada que espera el día del nuevo amanecer, y por lo tanto, portando al Espíritu, habrá una lucha incesante. La carne desea hacer sus obras inicuas, y el Espíritu hacer crecer su fruto. Por lo tanto, si el creyente peca, hace lo que no quiere, aunque sigue siendo responsable. Es un imperativo divino que someta a sus miembros a la voluntad de Dios.
Ante todo, Pablo hace un llamado a confiar en la gracia de Dios, que eventualmente dará su fruto, un fruto de justicia y de amor (Ga. 5:24). La santidad sólo es alcanzada cuando se es consciente de cómo la pureza nace por la iniciativa de Dios, aunque desde luego, exige una cooperación continua del creyente.